En política, naturalmente. Distinción relativamente reciente, de fines del siglo XVIII. Más concretamente, el concepto de “izquierda” está conectado directamente con la Revolución Francesa: los diputados de la Asamblea Nacional más radicales se sentaban en el extremo del hemiciclo situado a la izquierda del Presidente; mientras que los menos inclinados a introducir profundos cambios en la estructura de la sociedad quedaban situados a su derecha. Es menester señalar hasta qué punto la izquierda en aquellos tiempos era proclive al cambio. Yo encuentro en las palabras de Rabaud de St. Étienne, uno de los miembros destacados de la Asamblea, una muestra representativa de la tendencia. Rabaud decía: “Todas las estructuras de Francia coronan la desgracia del pueblo: para hacerlo feliz es preciso renovarlo; cambiar sus ideas; cambiar sus leyes; cambiar los hombres; cambiar las costumbres, cambiar las cosas; cambiar las palabras; destruirlo todo; sí, destruirlo todo, porque todo ha de renovarse.”
Otra convicción de la izquierda, aparte de la renovación general, versa sobre la maleabilidad del ser humano en el campo de la ética. El filósofo de la Revolución Francesa fue, por supuesto, Rousseau. Su premisa básica es: el hombre nace libre y por todas partes lo vemos cargado de cadenas. Es decir, la sumisión del hombre a la tiranía es innecesaria. Era preciso acordar entre todos un “contrato social”, de modo que la “voluntad general” condujera a todos por senderos de libertad y felicidad. Admitiéndose que todo eso fuera fácil. También crece una gran ilusión con la doctrina de Marx. En su caso, la historia no refleja un error en los orígenes, como con la anterior, sino la necesidad de que el género humano evolucionase a través de la historia, una larga historia de conflictos, que –todo predeterminado por la naturaleza de las cosas— alcanzase la condición humana capaz de vivir, hombres y mujeres, en libertad, igualdad y paz, por fin más allá de la historia.
Los mensajes de ambos filósofos, cada uno en su tiempo, despertaron grandes expectativas. Las ideas de Rousseau, en la Revolución Francesa, cuyos inicios suscitaron partidarios por toda Europa y los EEUU, pero que el baño de sangre que cubrió a Francia —en los campos de batalla, pero también en el patíbulo, bajo el filo de la guillotina por causas tan triviales como vestirse un matrimonio de luto el día que ajusticiaron a LuisXVI— ante la necesidad de orden, condujo a un golpe de estado militar, encabezado por Napoleón Bonaparte, más tarde emperador, sustituido por otro Borbón después de Waterloo. Y de Rousseau sólo en las instituciones de enseñanza se ocupan
El caso de Marx es sólo parcialmente diferente. Su obra clave, para mí sin duda, es el Manifiesto Comunista. El autor tenía 30 años cuando apareció el volumen, delgado pero lleno de material de gran interés. Su redacción refleja la juventud del escritor y su optimismo. La cantidad de obreros estaba creciendo a gran tren, sobre todo en Inglaterra y, por más de que sus condiciones de higiene y salud mejoraba, los salarios industriales prácticamente no aumentaban desde el principio de la revolución industrial, alrededor de 1775. El descontento de los trabajadores no podía demorar en hacer crisis, y Marx les ofrecía un plan de lucha atractivo y bien construido intelectualmente. Lamentablemente para Marx, a mediados del siglo XIX los salarios empezaron a subir a una tasa considerable y consistente, de 2% al año en términos reales. La consecuencia fue que un obrero que empezase a trabajar en 1850 cuando Marx murió, en 1883, estaría ganando el doble de cuando empezó y todo haría esperar que, con respecto a su visión de la vida, su actitud se habría vuelto apreciablemente menos radical.
Así continuó la situación, empeorándose para la lucha obrera en Europa Central, digamos, antes de estallar la Primera Guerra Mundial, la cual, en su transcurso, ofreció al marxismo una oportunidad inesperada, cuando, en 1917 Alemania, pese a haber librado la guerra exclusivamente en territorio enemigo (Francia) sintió su temible inferioridad en materia de producción de armamentos, particularmente ante la intensificación derivada por la contribución de los EEUU. En su desesperación, el alto mando alemán procuró generarle una distracción al enemigo en la forma de una revolución en el Imperio Ruso, su aliado, mediante el expediente de infiltrar a Lenin, líder comunista de la época, a la sazón refugiado en Suiza, a territorio ruso ocupado en un tren militar, y de allí atravesar las líneas que separaban los dos ejércitos Dios sabe cómo, y luego simplemente dejar al feroz bolchevique organizar una revolución, que es lo que sabía hacer. Poco después Rusia se rendía a Alemania y ésta disponía de algunos recursos bélicos con que reforzar su posición en los frentes importantes. De ahí en más Rusia no tardaría en convertirse en el primer Estado comunista y seguiría siendo de “izquierda” por cosa de setenta años.
Esa izquierda creció. En la segunda guerra mundial, la derrota militar de Alemania le dejó a Rusia países subyugados, por supuesto comunistas, en toda Europa central y este, más diversos países asiáticos, China inclusive, en iguales condiciones, totalizando un tercio de la población del mundo entero. Podía interpretarse ese salto adelante como signo de que la hora del comunismo había llegado y que el mundo quedaría totalmente afiliado a él, universalmente. Pero no ha sido así. El perfil de la izquierda mostró forma de montaña. Sube y sube, y después baja y baja. La propia Rusia deja de ser comunista. Quedan sólo un par de Estados puramente simbólicos que sigan afiliados a la hoz y el martillo. Y esa caída catastrófica, ¿por qué? Pues, en primer lugar, porque el sistema marxista, por más que yo mismo acabo de decirles que el Manifiesto era persuasivo, no sirve. En Rusia todos se pusieron de acuerdo, gobierno y súbditos, de que no funciona. Es decir, en setenta años no pudieron hacerlo funcionar. No hay nadie en el mundo que se llame comunista, a no ser en países donde la educación no funciona y a los niños y jóvenes los engañan sin piedad. Es así, no más.
Pero mi título no se queda en la izquierda. También incluye la derecha. ¿Será acaso posible que tampoco sirva la derecha? Lo que leemos en la prensa sobre la derecha, o por los conservadores, no contiene más que oprobios. Si la izquierda no sirve y la derecha tampoco, ¿qué quedaría para el desgraciado planeta en que vivimos? Lectores: no tengo más remedio que pedir a ustedes que el sábado próximo me acompañen en busca de algunos buenos rasgos en la tan detractada alternativa.