Nueva Utopía de Izquierda

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UNA INICIATIVA COMO LA DE JOSÉ MUJICA, DE HACER QUE EL SALARIO CREZCA CON LOS BENEFICIOS DE LA EMPRESA, SERÍA UN FACTOR QUE FRENARÍA EL INCREMENTO DE LAS REMUNERACIONES.

El Observador titula en la página 3 de diciembre 12: “Ajuste salarial por balance: nueva ‘utopía’ de izquierda”. O sea que, cuanto más gane la empresa, más deberá remunerar a sus obreros por la hora de trabajo. A continuación demostraré que, en vez de “nueva utopía de izquierda” debería haberse más bien titulado “nueva tontería de izquierda

Comenzamos preguntando: ¿Por qué los salarios son diferentes en distintos países? ¿Por qué, por ejemplo, el obrero en EEUU gana más, mucho más, que en Uruguay? Tal vez diez veces lo que gana un jornalero aquí. Sabemos que un obrero yanqui con alguna antigüedad suele vivir en una casa propia, en un barrio de nivel medio, y tanto él como su mujer tienen autos importantes. Y también sabemos que cualquier empresa local que se propusiera pagar los jornales norteamericanos ipso facto quebraría. Sabemos todo eso, pero no estoy seguro de que todos comprendemos la razón de la diferencia de ingreso laboral. Pero la respuesta es fácil: pagan más porque reciben más. El obrero aporta a su empleador una productividad que aquí no podemos ni siquiera soñar. Naturalmente, se trata de algo obvio. El salario depende de la productividad que el trabajador le allega a su empleador. Sin esa productividad, el salario que paga el empresario norteamericano no podría desembolsarlo ni por una quincena sin caer en bancarrota

La segunda pregunta es: ¿por qué la productividad del obrero norteamericano es mayor, y tanto mayor, que la del uruguayo? Pues, otra vez obviamente, porque dispone de equipos, maquinaria, instrumentos, en una palabra, dispone de capital, en cantidad y calidad, enormemente superior a aquella con que tiene que contentarse el trabajador uruguayo. Con la consecuencia de que su productividad es reducida, y —naturalmente—su salario también lo es.

Tercera pregunta: ¿Por qué el trabajador norteamericano cuenta con un volumen de capital para apoyar su esfuerzo, tan superior a la dotación de recursos con que debe arreglarse el obrero uruguayo? La respuesta es elemental: porque el empresario norteamericano, en el pasado, ha invertido recursos en la expansión del funcionamiento de la empresa, en una magnitud incomparable con las inversiones para la misma clase de propósitos que ha realizado el empresario uruguayo. El capital de una empresa, naturalmente, es igual a la sumatoria de las inversiones que en el pasado los empresarios han aportado a la empresa

La cuarta pregunta —y nos acercamos al fin de la pesquisa— es la siguiente: ¿por qué los empresarios uruguayos han restringido su inversión a través de los tiempos? ¿Por qué, consiguientemente, el capital disponible para cada trabajador, es tanto menor en este país? La respuesta en este caso no puede ser tan terminante como las anteriores. Podría, por ejemplo, en parte, deberse a una faceta cultural, por cuyo efecto el empresario uruguayo se sintiera más inhibido a arriesgar sus haberes, por el peligro de pérdidas que hiciesen humo del capital acumulado. U otro rasgo, éste vital, que ampliase su propensión a consumir; o social, que le impulsara a repartir las ganancias con los parientes, como dicen que ocurre en la India. Pero nada de eso está probado, ni parece plausible. Lo que sí es plausible, y más que eso, indiscutible, es que las condiciones que rigen en nuestra economía hacen que las ganancias de las empresas resulten recortadas por un trío de factores fatales, los verdaderos responsables de la insuficiente capitalización de las empresas nacionales. Me refiero a tres ítems: primero, los impuestos indirectos, tributos que gravan la empresa como unidad de obligación, cuya alícuota se sitúa entre las mayores del mundo, según un estudio del Banco Mundial. Si no recuerdo mal, la de Uruguay era nada menos de 75% (siendo mayores aún las de Argentina y Brasil); en segundo lugar, impuestos ocultos en precios monopólicos, fundamentalmente los exigidos por las empresas estatales; y, en tercer lugar, los costos que les imponen proveedores que tienen protección arancelaria que les asegura condición de monopólicos o cuasi monopólicos. En todo ello los salarios de proveedores, y los de la propia empresa mediante presión sindical, gravitan negativamente sobre los balances de las empresas

Lo principal que se desprende de lo dicho es que la presión de los salarios al alza, al reducir los beneficios de las empresas, restringe al mismo tiempo, necesariamente, el gasto en inversión, por tanto reduce el capital con que el personal debe desenvolverse, con la consecuencia de que su crecimiento en productividad es lento, y el monto de la paga menor en relación con los trabajadores de países donde la evolución del salario no se realiza a presión. De ahí, por ejemplo, que sostengo que una iniciativa como la que ha propuesto José Mujica, de hacer que el salario crezca con los beneficios de la empresa, no debe verse más que como un factor para poner un freno al crecimiento de los salarios

Debe ser por eso que los sindicatos están desapareciendo en los EEUU y, es de presumir, en los países de características semejantes. La proporción de trabajadores afiliados a sindicatos nunca fue elevada, siendo su máximo alrededor de 35%, en la década de los ’70, pero actualmente no debe sobrepasar el 10%, dentro de un descenso sostenido. El profesor Robert H Zieger, de la Universidad de Florida, en un libro cuyo título traducido es “Trabajadores Americanos, Sindicatos Americanos” (1994), hace la crónica de una notable decadencia: “…entre 1978 y 1991, el sindicato del acero perdió 827.000 miembros, el de automóviles 659.000, el de transporte de bultos, más de medio millón. Los sindicatos de la construcción perdieron más de un millón de miembros.” Al mismo tiempo el mismo autor informa que los sindicatos del sector público se han expandido, alcanzando en 1980 el 37% del total, pero, insiste, “la densidad de los sindicatos del sector privado se desmoronó a 11% (comparable con 30% hace tan poco como 1970). …El sindicalismo tradicional, ha afirmado una autoridad en la materia, está experimentando un ‘virtual holocausto’ ”. Otro profesor, Chales B. Craver, éste de la Universidad George Washington, en un libro que lleva el sugestivo título de “¿Pueden sobrevivir los sindicatos?” (1993), expresa “Es obvio que los sindicatos del sector privado se hallan en una situación moribunda”. En lo que ambos expertos coinciden es en concluir que a los trabajadores norteamericanos ya no les interesa el sindicalismo en general. Si alguien les explicara a los uruguayos lo que los yanquis ya han visto, no tardarían en hacer lo mismo que ellos hacen.

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