Siete días atrás observábamos que un sistema económico basado en una producción planificada (en manos del Estado) podía destruir un gran imperio, como fue el de la Unión Soviética. Sugiriendo además que la idea de la producción planificada, a diferencia de la producción espontánea, es una consecuencia desgraciada del racionalismo cartesiano, con la consiguiente consecuencia de preferirse las obras de un único autor, en vez de varios, como lo es de varios en una economía libre, en la que trabajadores, capitalistas, marinos mercantes, pescadores, empresarios, banqueros, agricultores, mineros, etc., así como demandantes finales, por supuesto, procuran todos, o más bien cada unos de ellos, optimizar sus posiciones particulares, la “magia” de los mercados libres permitiéndoles a todos encontrar lo que individualmente buscaban. Asimismo nos acercamos a la Ilustración Escocesa, menos extensa que la francesa, pero contemporánea (siglo XVIII) y no menos distinguida, incluyendo al filósofo y creador de la teoría económica, Adam Smith, y al filósofo, sociólogo e historiador Adam Ferguson, cuya famosa definición de la espontaneidad en el progreso humano ya la reprodujimos el pasado sábado, y no resisto ahora la tentación de repetirla: “Las naciones tropiezan con ordenamientos que ciertamente son el resultado de la acción humana pero no la ejecución del designio humano.” En lo que concierne a las dos islas orientales, Hong Kong y Singapur, tuvieron por propósito mostrar sendas economías superlativamente libres, ajenas por completo al Estado, carentes de una base cultural propicia para promover una gran expansión, pero con acceso a una cultura foránea, fundamentalmente consistente en un sistema jurídico, caracterizado por la firmeza, la consistencia y la honestidad. Con lo que se desprendería que los otros soportes culturales de origen doméstico se adaptan adecuadamente, por desarrollo, o bajo importación, ante la señera influencia que se les ha introducido.
¿Cómo se discierne al Uruguay a través del prisma que nos proporciona el parágrafo inicial de este artículo? En el primer medio siglo de independencia, el progreso fue notable. Los historiadores argentinos lo observaban con admiración. Rodolfo Puigros escribía: “Una vez que se puso fin a la Guerra Grande (1843 – 1851), se registró un rápido florecimiento económico.” Más cercano al tiempo pertinente, en 1852, Juan Bautista Alberdi daba rienda suelta a su sorpresa: “Con su Constitución expansiva y abierta hacia el extranjero, (Uruguay) ha salvado su independencia por medio de su población extranjera, y camina a ser la California del Sud.” Téngase presente que, en 1852, tras descubrirse oro allí, California era de lejos el área geográfica que se poblaba con mayor rapidez. De hecho, la tasa neta media anual de inmigración en Uruguay del lapso 1852-60 fue de 7,2%; lo que implicaba duplicar la población en diez años. Entre 1871 y 1879 contamos con investigaciones comparativas entre los ingresos per cápita, de los principales países de Europa y el Uruguay, debidos al profesor Luis Bértola, que muestran que el Uruguay y los principales países europeos estaban a la misma altura
Como se apreciará sin dificultad, el notable éxito uruguayo en economía se cumplió conforme a las condiciones que destacábamos más arriba: ella se desplegó, en primer término, con total y absoluta libertad. Ante todo, no podría ponerse demasiado énfasis en la mención de Alberdi sobre la Constitución uruguaya de 1830, la única capaz hasta ahora de suscitar el orgullo patrio. Lo que Alberdi pensaba, sin duda, es que una nave nacional, a punto de lanzarse a surcar los mares de la historia, debe procurarse una proa acerada y filosa. Y que los orientales cumplían con ese primer requisito, alcanzándolo. En segundo lugar, destaquemos también que, en la partida, nada externo a los agentes privados de la producción, nacionales e inmigrantes, ejercía influencia. En seguida veremos al Uruguay, o, más bien a su Estado, torciendo la oferta de bienes y servicios, mediante mayores gravámenes a las importaciones, lo que atraería recursos para desviar sus producciones por la “sustitución de importaciones”, como más tarde se diría, cada operador en Uruguay sometiendo su producción a una variación debida al estímulo o al antiestímulo tributarios. Pero durante el lapso inicial, el país se mantuvo a salvo de ese peligro.
En adelante, nuestro país perdió su brújula y no cesó de apartarse de de la ruta segura que había recorrido tan exitosamente. La primera desviación consistió en un golpe de Estado en 1875, impulsado por militares —el “Militarismo”, siendo el coronel Latorre tal vez la figura dominante— resueltos a desarrollar industrias mecánicas que supuestamente le harían bien al país. De hecho, el resultado fue claramente negativo. Ante todo —primer síntoma del mal que habíamos contraído— el ritmo de la inmigración cayó rápidamente a un tercio del anterior, que era el primer factor de expansión con que el país contaba. Y si se el lector me permite dar un salto hasta los inicios del siglo XX, veremos esa estrategia afirmada y ampliada de manos de un presidente, José Batlle y Ordóñez, honesto y patriota, pero perdidamente confundido en cuanto al gobierno de un país, al que quiso y logró dominar por completo, en la economía ciertamente inclusive, en la misma dirección que el Militarismo pero con otros aspectos más amplios, con lo que llegaba a tener en sus manos todos los hilos que podrían orientar la marcha del país hacia el futuro. Batlle quería un Uruguay igualitario, lo que le hacía odiar el latifundio. Creía en los sindicatos para sustentar salarios justos y estaba dispuesto a defenderlos. Hizo aprobar por las cámaras legislativas la primera ley de la jornada de 8 horas del mundo entero. Era nacionalista y decía no tolerar que se importaran mercancías que pudieran fabricarse en el país. En el diseño de las carreteras no vacilaba en hacerlas trazar en paralelo a los rieles de los ferrocarriles británicos, haciendo que el transporte vial compitiese con el ferroviario foráneo. En todo ello pueden percibirse rasgos éticamente defendibles, pero en conjunto, desde el punto de vista económico, completaban un cuadro fatal para el desarrollo uruguayo. En mi opinión, la medida que apartó más al país del sendero de la eficiencia económica fue la fundación del llamado (impropiamente) Banco de Seguros del Estado, símbolo de las empresas estatales, pronto (1917) apoyadas por la Constitución, configurando un Estado parcialmente socialista, negación de la espontaneidad de la producción, eventualmente incluyendo una empresa —ANCAP— que nunca tuvo otro fin, y fin enloquecido, de hacerle perder al país más y más dinero.
La situación, a través de las décadas, no ha mejorado nada. Muchas veces se ha empeorado. Otro Batlle —Luis— fortificó el frente sindicalista, y otro tanto el gobierno abiertamente de izquierda que experimentamos actualmente, que permitió a los sindicatos confiscar transitoriamente los locales empresariales, liquidando la base jurídica del sistema económico, que como sostuve reiteradamente, es esencialmente legal. Singapur y Hong Kong lo prueban decididamente. Desgraciadamente, llevamos más de un siglo pensando que el fundamento es el Estado. Y hasta que la nación en conjunto lo reconozca, nuestro futuro no luce promisorio.