Espontaneidad o planificación

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LOS QUE DESTRUYEN LA URSS SON SUS PROPIOS HIJOS. NADIE MÁS VINO DE FUERA A SOPLARLES IDEAS NUEVAS. LO QUE SE DIVISA EN EL CAMPO DEL TAJANTE FRACASO ES UNA TERRIBLE DESILUSIÓN.

Lector: hoy, fuera de lo usual, voy a transmitirle a usted el origen de la idea que he de transformar en una columna periodística. Pienso que esta introducción ha de facilitarle la comprensión de la lectura en que se dispone usted a introducirse. Esa idea me captó mientras leía el magnífico número 1.484 de Búsqueda, fechado del 20/11/08, cuyas 92 páginas nos llegan como celebración de su 36º año de vida. Entre las cosas más interesantes de ese ejemplar, no cabe duda de que se encuentra la entrevista al senador Julio Ma. Sanguinetti, titulado “América Latina todavía debate como antes de la caída del Muro de Berlín, poniendo en duda la democracia” (págs. 22/23/88). Se trata de un documento de gran interés, en el cual el entrevistado despliega su notable acervo de información acerca de asuntos de máximo interés, tales como los problemas que plantea la crisis financiera mundial, sobre lo cual este periodista no tiene la pretensión de ampliar u objetar el texto, y sí solo recomendar la lectura a quienes por ahora la hayan omitido. En cambio, sí llamó mi atención la parte de la entrevista asociada a su título, ya reproducido hace un instante, que estimo, a la vez, que posee un gran interés histórico, incluso práctico, sin haberle dedicado el Dr. Sanguinetti, dentro del tráfago de su material, un tratamiento que la cuestión merecía. Y, en la medida de mis fuerzas, a continuación trataré de llenar tal vacío.

Pongámonos ante todo de acuerdo con el significado de la referencia al Muro de Berlín y su caída. Todo ello presupone la división de Alemania, luego del fracaso hitlerista, en una porción oriental, comunista, y otra occidental, democrática. Grosso modo Berlín quedaba del lado comunista, pero se llegó a un acuerdo, por el cual otra división se introducía para que la parte alemana democrática también tuviese su porción de la vieja capital teutona. La complicación de esa división teórica, entre media ciudad que gozaba de libertad y otra media que, subyugada, tenía prohibido atravesar la línea divisoria, generó tensiones crecientes, hasta el punto en que Alemania Oriental fortificó la división con una muralla material custodiada con soldados provistos de metralletas, dispuestos a hacer fuego sobre cada hombre o mujer que intentara el cruce hacia la libertad.

Corrían por entonces tiempos difíciles para el Comunismo soviético, políticamente. Militarmente, la hoz y el martillo llevaban 80 años ondeando sobre crecientes territorios y mayores multitudes, pero, a medida que el tiempo transcurría, y el crecimiento de Occidente se intensificaba, la población de la URSS tendía a sentirse cada vez más deprimida. Por más que los soviéticos no podían salir de su zona de residencia, y les era prohibido el acceso a la prensa internacional, la certeza cundía entre ellos en cuanto a que estaban sujetos a una vida inferior, que comparativamente no cesaba de bajar. Hasta que, espontáneamente, el pueblo ruso, o soviético, dejó de obedecer y, lo que es más extraño aún, las autoridades dejaron de aplicar las fuerzas colosales de que estaban revestidas, a través de vastísimas extensiones, hasta completar la superficie entera de todo el gigantesco país. Y, como milagrosamente, la URSS dejó de existir, resucitando a Rusia y demás nacionalidades que habían desaparecido bajo la hoz y el martillo. Y entre infinitas cosas que el pueblo, espontáneamente liberado, se puso a hacer —por ejemplo, destruir los innumerables monumentos que les habían hecho erigir en honor de Stalin— el pueblo de Berlín oriental hizo polvo de la muralla que separaba los dos Berlines, como símbolo de que ya no quedaban restos del Comunismo ni de la Alemania Oriental (por más que la igualdad efectiva de Alemanias todavía habría de costar sangre a la de Occidente).

Estos son los hechos, la enfermedad final de la revolución bolchevique; pero se echa de menos un diagnóstico. No se trata de una revolución anticomunista. Los que destruyen la URSS son sus propios hijos. Nadie más viene de fuera a soplarles ideas nuevas a éstos. Lo que se divisa en el campo del tajante fracaso es una terrible desilusión. Los habían engañados a todos, y tenían pleno derecho a regresar cuanto antes al punto en que se habían entregado a la tesis marxista, que supuestamente los llevaría a la sociedad de libertad y abundancia, para reanudar la ruta, dura pero real, del capitalismo, sin olvidar, en alguna medida, la fortuna acumulada por éste mientras la zona comunista se estancaba. Pero, ¿cuál fue la razón del estancamiento? Marx había profetizado un período de dictadura del proletariado, cuyo singular progreso los llevaría a las puertas del comunismo stricto sensu. Nada de eso ocurrió y la causa de ese fracaso no puede deberse más que a la condición de una economía basada en el plan, que llevaría al progreso sin límites por ser fruto de la razón, en lugar de la ciega avaricia de los burgueses.

No fue así, como quedó a la vista. El racionalismo en cuestiones históricas es harto peligroso. El pensador que ha de ayudarnos a comprender lo que digo es Adam Ferguson, un escocés que vivió en el siglo XVIII, uno de los cerebros que integró la Ilustración Escocesa, nacido en 1723, igual que Adam Smith, de quien fue colega y amigo. Su rechazo del racionalismo cartesiano en materia de historia puede resumirse en la siguiente cita: “Las naciones”, traduzco, “tropiezan con órdenes que ciertamente son el resultado de la acción humana pero no la ejecución del designio humano.” (En “An Essay on the History of Civil Society”, pág 122).

Para redondear, observemos la trayectoria asombroso de una pequeña isla-Estado, apenas 42 km2, Singapur, que ha tenido un extraordinario desarrollo, registrando el segundo mayor ingreso por cabeza de toda Asia, menos Japón. En 1965 debió independizarse de la Federación Malaya, debido al dominante chino que contiene su población. El líder político fue Lee Kuan Yew, nacido en Singapur, chino de origen, educado en Inglaterra, donde alcanzó el título de abogado. En base a ello anglicizó el sistema jurídico del derecho isleño, con un efecto potente en cuanto a generar confianza desde el punto de vista del inversor, así como niveles de orden y seguridad personal. Este articulista, que ha visitado la isla, se halla sumamente impresionado por todos los conceptos expuestos. El crecimiento económico de Singular ha sido espectacular, alcanzando a cosa de US$ 30 mil por cabeza. Un éxito semejante ha logrado otra isla, si bien algo mayor en superficie, muy semejante en diversos aspectos. Me refiero a Hong Kong, originalmente cedida por el Imperio Chino a Gran Bretaña para que construyese depósitos y almacenase mercancías en el correr de su comercio permanente con el Estado cedente. Con una estructura básica de pura roca, no facilitó la vida de los trabajadores —chinos, por supuesto— que pasaron a residir allí. Se cree que en 1945 la mitad de la población dormía en la calle. Por entonces Inglaterra tuvo una nueva idea para Hong Kong: importó funcionarios ingleses, incluyendo jueces, y abrió por completo el comercio de exportación e importación. Una transformación más rápida jamás se ha visto. Hoy, y ya hace bastantes años, Hong Kong se había convertido en una ciudad bellísima, y el ritmo de sus negocios y sus ganancias en una de las maravillas del mundo. (Hoy devuelta a China, pero con un estatuto especial, que no permite el ingreso de ciudadanos comunes, sin un permiso especial)

Estos son los hechos, y algunas insinuaciones sobre los fundamentos. Pienso que el tema de las causas debe dar para un artículo más, y en una semana intentaré cumplir con el saldo.

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