Después del conteo

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EL TRIUNFO DE BARACK OBAMA DESPERTÓ ENTUSIASMO EN URUGUAY, QUE TRADICIONALMENTE SE INCLINA POR EL PARTIDO DEMÓCRATA. PERO EN EEUU NO SE TIENE EN MENOS A LOS POLÍTICOS DEL PARTIDO REPUBLICANO.

El triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales despertó entusiasmos en todo el mundo. Lo primero que merecía festejo era la concordancia entre los resultados de las encuestas con el conteo, probando que no había racistas que callasen su odio al responderles a los politólogos y lo manifestasen al introducir las balotas bajo secreto en las urnas. ¡Vaya si merecía festejos la redención indiscutible de la última mácula que enturbiaba la imagen de la primera y, algunos diríamos, principal democracia del mundo! Y movía asimismo a algarabía la inteligencia manifiesta del electo, y su juventud, y su simpatía, y la hermosura de su familia, y las cualidades de quien eligió para vice, especialmente en tanto podrá compensar la única carencia que al titular no puede evitársele, por ser incompatible con la primera virtud que le queda reconocida.

En cuanto al candidato derrotado, John McCain, es merecedor del mayor respeto. La diferencia en voto popular entre los dos fue muy reducida; la ventaja considerable se debió a los estados donde Obama ganó, algunos de los cuales estaban privilegiados por el número de electores, pero puede decirse que, tomando el total de los norteamericanos, las preferencias no fueron grandes. McCain tuvo el valor y la sinceridad de poner énfasis en partes de su mensaje a la ciudadanía que venían de Bush: una, la defensa de la guerra de Irak, que es fuertemente antipática a los norteamericanos, y otra la atribución de gran importancia a la cuestión del Islam, que — pese al 11 de setiembre y a la fortificación nuclear de Irán— los votantes en general no parecen haber comprendido el consiguiente peligro. En mi opinión Obama ganó por una cabeza, no más que eso.

La diferencia moderada, precisémoslo, se percibe con la óptica de los EEUU. Con la de América Latina, muy probablemente, la proporción de público feliz con el resultado excede en una proporción mucho mayor. Y en la opinión uruguaya, lo afirmo, por haberlo leído, oído, y nada, o casi nada, discutido, la victoria de Obama se recibió como si el Uruguay hubiese obtenido con ella el derecho a participar en un mundial de fútbol. La noche del 4 de noviembre, fecha de la elección, la Embajada de los EEUU en Montevideo se llenó de uruguayos, entre los cuales este columnista se contaba. Según es tradición en esa clase de reuniones, por supuesto con espíritu festivo, se ofrecieron a los visitantes escarapelas de uno y otro candidato, para lucirlas en las solapas, o equivalentes, así como la ocasión de depositar una balota casera en sendas urnas. La mayor parte de los visitantes no participaron en el juego, pero el conteo local lucía de modo representativo de las diferencias. No hice cuentas, pero a ojo diría que los votos al ganador superaban tres a uno al perdidoso. Nada parecido a la realidad norteamericana

Esta tendencia no es de ayer. Hace 16 años, en 1992, también fue ocasión de elecciones en EEUU. Era la oportunidad en que Bill Clinton sería electo. El presidente que buscaba reelección (totalmente aceptable en aquel país) era Bush senior. Como ahora, la Embajada abrió sus puertas para una noche de elecciones. Fui invitado y, como ahora, me adorné con una escarapela de los Republicanos, que también entonces perdieron. Yo tenía un cargo en el Banco Central y un diario —creo que fue La República— al día siguiente preguntaba en un suelto si yo habría sido autorizado por las autoridades competentes a hacer pública mi inclinación hacia un partido extranjero, máxime (se daba por sobreentendido) siendo el partido favorecido de los dos el reaccionario. Naturalmente, nadie le llevó el apunte al suelto, pero estimo que si hubiese exhibido el distintivo “democrático” este pequeño episodio no habría sido posible.

¿Cómo se explica esta inclinación dominante de nuestra opinión pública, y no sólo entre los comprometidos con movimientos de izquierda stricto sensu? ¿Qué, entre muchas otras cosas, perseguía Franklin Delano Roosevelt? Su objetivo, al asumir la presidencia en marzo de 1933, recién saliendo su país de la crisis más larga y severa de toda la historia mundial, consistió, naturalmente, en acelerar la recuperación de la economía, para lo que, aparte de recurrir a una insólita introducción del Estado en ella, procuró elevar los precios de los bienes y los salarios, ambos propósitos adversos a las metas que se proponía. La recuperación continuó muy lentamente, y en 1937 la economía volvió a contraerse. La prosperidad recién llegó con la guerra europea y la movilización industrial para ayudar a las potencias que se enfrentaban el tremendo poder de la Alemania nazi, a Gran Bretaña y, notablemente, a la URSS. En diciembre de 1941 los propios EEUU entraron en la guerra, luego de un ataque japonés a la base naval y aérea de Pearl Harbor, sita en una isla del archipiélago hawaiano. El presidente había fingido debilidad en la defensa, para estimular a los japoneses y así poder entrar en la guerra, burlando la resistencia de dar ese paso por parte de los intereses norteamericanos pacifistas. El ardid dio resultado, si bien a un alto costo de vidas humanas y equipos de toda clase. Sobre el fin de la guerra, tras el estallido de dos bombas nucleares, sería ocioso extenderse.

En Uruguay Franklin Roosevelt es una personalidad histórica que la opinión uruguaya distingue notablemente, frente a casi todas las no nacionales, o, para estar seguros de los no latinoamericanos. Hay un parque nacional en Carrasco, inmejorablemente situado, y una arteria de primera fila en Punta del Este, que llevan su nombre, aparte de muchas otras distinciones (v. gr. calle en Paso Carrasco, segmento de la Rambla Costanera al llegar al Puerto). Y sin duda más homenaje en todo el país. ¿Ve usted, amigo lector, fundamentos para todo ello? No faltan quienes aleguen que los miembros del Partido Demócrata en general, y Roosevelt en particular, nos han deparado un tratamiento particularmente deferente. Nunca he visto tal cosa. Si un presidente norteamericano ha sido cordial y útil, ése fue el hoy tenido en menos George W. Bush, que en una ocasión angustiosa para los uruguayos, con inmejorable ánimo, concedió un préstamo salvador que nos mantuvo libres del default. Aparte de que nos facultó el acceso a un TCL que, después de pedirlo, lo rechazamos, mientras Vietnam — como usted lo lee, lector, ¡Vietnam!— lo aprovecha lindamente

En EEUU no se tiene en menos a los políticos del Partido Republicano. Si prestamos atención a las últimas cuatro presidencias completas (incluso la de Bush, que está jugando en los descuentos) tres eran republicanos y uno demócrata. Los cuatro sumaron 28 años. Los republicanos totalizaron 20 años. El único demócrata gobernó 8 años. Los republicanos gobernaron 71% del lapso respectivo. El único demócrata, por lo tanto, 29%. El primero del cuarteto fue Ronald Reagan, en general estimado como el presidente más sobresaliente del siglo XX. Si tomáramos hacia atrás otro cuaterno, nos daría una ventaja para los demócratas, pero sería menor: 59% frente a 41%.

¿Por qué los EEUU aceptan a los gobernantes de derecha y el Uruguay los rechazan sólidamente? Es una cuestión de culturas, que me propongo comentar en breve.

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