El término “izquierda” nos sitúa, primariamente, en un plano de militancia política. En su origen, en la Revolución Francesa, el término se refería al área de asientos de los diputados, relativa al sitial del presidente de la Asamblea General. Aquellos representantes que favorecían reformas más drásticas, que, del trío de valores entonces en movimiento — Liberté, Égalité, Fraternité—, ponían el mayor énfasis en el segundo, y mínimo en el tercero, y aprobaban con calor el recurso al aparato de hacer justicia llamado guillotina, se sentaban a la izquierda del presidente. De ahí que, desde entonces, las personas con inclinaciones políticas más radicales suelen conocerse como “de izquierda” o “izquierdistas”, y con expresiones análogas partiendo del vocablo “derecha” a los que de una u otra manera hacen frente a aquéllos
En la época de la Revolución Francesa la teoría económica estaba en pañales, particularmente en su asociación con la política francesa: Babeuf ya proponía la colectivización de la propiedad de la tierra, pero, de hecho, las discusiones económicas no iban más allá de la aplicación de los precios de bienes de “primera necesidad” como decía nuestra legislación sobre la materia. Actualmente la izquierda ha recibido un apreciable contingente con formación marxista, pero no llegan a ser significativos como parte de la masa ciudadana. Lo que la masa de izquierda parece capaz y dispuesta a absorber es un doble modelo que su liderazgo le ha preparado, consistente en lo siguiente: un modelo para odiar, que vendría a producir bienes por medio de recursos humanos y materiales, susceptibles de funcionar sin ninguna intervención de parte del Estado, todo supuestamente organizado en manera de explotar la mano de obra, el cual se denomina “neoliberalismo”; y otro modelo que funciona, en análogas líneas generales, usando los mismos recursos, pero bajo la intervención humanizadora y justiciera del Estado, Estado queriendo significar gobierno
Consideremos lo dicho sobre “neoliberalismo”. Éste noes el nombre que los economistas de fines del siglo XVIII usaron para introducir el enfoque liberal en economía, desplazando a la teoría “mercantilista”, sino “laissez faire” (“dejad hacer”) o “liberalismo”, por la misma razón. Sin que ningún economista en serio haya sentido la menor inclinación a agregar al vocablo citado la partícula que denota novedad, que nada auténtico significa, a no ser el deseo de las gentes de la izquierda de privar al título en cuestión su prestigio plurisecular
Vale la pena quedarnos algo más en el tema, valiéndonos de un número de la Revista del Instituto “Fernando Otorgués” (frenteamplista), dentro de una serie denominada “Debates y Propuestas. El tema de la revista es “Alternativas al Neoliberalismo”. Participaron seis economistas, cuatro de otros tantos países latinoamericanos (México, Cuba, Venezuela, y Chile), y dos uruguayos, de los cuales citaré brevemente a uno de ellos, Antonio Elías, sobre “Neoliberalismo: en qué consiste y cómo enfrentarlo”, informando, entre varios créditos importantes, que él era el director de la revista de que se trata (diciembre de 1995). El profesor Elías tenía que explicar cómo el neoliberalismo perjudicaba a los trabajadores y beneficiaba a los empresarios, y dedica unas diez páginas a cumplir esa obligación, pero en un notable arranque de franqueza dice que se trata por entero de una ilusión, y que nada de lo que escriben los otros contribuyentes aportan, y él mismo (salvo en un breve párrafo) es verdad. Dice así: “Existe una saturación del uso del término neoliberal, dado que ese concepto se fue simultáneamente ampliando en contenido y vaciado en esencia. El uso del concepto neoliberalismo fue abarcando todo aquello que no se comparte perdiendo de esta forma toda precisión.”
La honestidad del profesor es conmovedora, pero ya le saca a uno tema para explicar la verdad. Sin embargo sigue siendo oportuno mostrar qué modificación introduce el sistema liberal en comparación con el sistema anterior, que se llamaba “mercantilismo”, que era el sistema que adoptaron los monarcas absolutos por los siglos XVI y XVII. El mercantilismo tenía algunas características familiares para los uruguayos y otros latinoamericanos: era fuertemente proteccionista y tenía por objetivo de comercio exterior el obtener saldos positivos (exportaciones menos importaciones mayor que 0) lo que conduciría a ingresos de oro. Y, por supuesto, en aquellos tiempos el oro era sinónimo de riqueza, mientras que en el sistema liberal el síntoma de riqueza se buscaba en los flujos de mercancías producidas. Para obtener saldos “favorables”, como ellos decían, los costos de producción debían ser todo lo bajos que fuera posible; y, en consecuencia, cuanto más bajos los salarios de los tejedores, mejor les parecía. Eso les hacía pensar de la manera que un memorándum fechado en 1786, dirigido a los tejedores de sedas de Lyon, Francia, que extraigo del notable libro del sueco Eli F. Heckscher, y que reproduzco a continuación parcialmente, traducido de un texto inglés. “A fin de asegurar la prosperidad de nuestras manufacturas es preciso que el trabajador jamás se enriquezca, y que no reciba más de lo que efectivamente necesiten para alimentarse y vestirse debidamente. En alguna clase de gente, un excesivo bienestar deprime la actividad, y estimula la pereza, con los males consiguientes si sus ingresos exceden de sus necesidades hasta el extremo de que pueda mantenerse por algún tiempo sin el trabajo de sus manos, entonces él empleará ese tiempo en la organización de una asociación. Los industriales de Lyon no deben olvidar que el bajo precio del trabajo no es sólo útil en sí mismo sino que también hace al trabajador más activo, más laborioso y más efectivamente sujeto a sus voluntades.”
Hemos oído a un portavoz del mercantilismo hablar con el idioma que las gentes de la izquierda atribuyen a la orientación liberal. Ésta parte de la base de que los ingresos de toda la economía liberal dependen de las características pertinentes y las circunstancias del mercado, incluyendo los ingresos de los factores de la producción, cuya eficiencia no influye exclusivamente sobre el agente que tenga tales o cuales ventajas o desventajas, sino también sobre los otros agentes, pertenecientes a otros factores de la producción. Si el capital disponible en determinadas circunstancias es abundante y altamente productivo, los capitalistas obtendrán suculentos frutos, pero también gozarán de pingües resultados los trabajadores. Si el capital es escaso y envejecido, ocurrirá lo opuesto, tanto para los capitalistas y los trabajadores. Y así ocurrirá análogamente con los empresarios, que el mercantilismo ignoró por completo otrora, como hoy en día también lo ignoran los economistas de la izquierda, y a lo largo de nuestra historia también pretendiendo absurdamente que un puñado de burócratas pueden suplirlos, presuntamente a fuerza de buena voluntad, será necesario presumir.
Me propongo insistir sobre esta temática en el futuro próximo. Es economía, pero no por ello “difícil”. Y las nociones que me ocuparán, y con suerte también en ustedes lectores, son imprescindibles para captar las implicaciones del debate político.