¿Qué es, hoy en día, un Comunista?

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EN 1989 EN LA UNIÓN SOVIÉTICA LLEGARON A UN ACUERDO COLECTIVO TÁCITO PARA PRESCINDIR DEL SISTEMA Y ADOPTAR UNO NUEVO, QUE RESTRINGE MENOS LA LIBERTAD Y PRACTICA UNA ECONOMÍA EN ALGO PARECIDA AL MERCADO.

La pregunta reclama la precisión temporal que exhibe en el título, porque el vocablo “comunista”, a lo largo del tiempo, tiende a evocar a distintas clases de personas y situaciones. En 1848, por ejemplo, haría pensar en Carlos Marx, el joven que, con la asistencia de Federico Engels, había escrito un brillante ensayo histórico-filosófico-político, titulado “Manifiesto del Partido Comunista”. Allí se profetizaba que los obreros se hundirían cada vez más hondo en la miseria, por efecto de la competencia de las máquinas y creciente profundidad de las crisis periódicas. Y también la disolución del Estado. Nada de ese pronóstico se cumplió: Cuando Marx murió en 1883, sin poder dar fin a El Capital, la obra a la que dedicó la mitad de su vida, y debió hacerlo, mal que bien, Engels, los salarios en Alemania, el terreno elegido para la acción revolucionaria por Marx, se habían más que duplicado en términos reales desde la aparición del Manifiesto. En el centro de Europa no mucha gente se consideraba comunista a principios del siglo XX. En la guerra mundial, los soldados de ambos bandos habían obedecido puntualmente a sus oficiales. El espíritu revolucionario no se veía aún por ningún lado.

Pero, tal vez, mirando un poco más al Este… Sí, efectivamente, en Rusia; desde 1905, reinaba una insatisfacción susceptible de transformarse en el espíritu revolucionario, y las penurias y frustraciones originadas por la guerra suscitaron el ambiente para un factible golpe. El Alto Comando Alemán lo percibió, y concibió la idea de introducir subrepticiamente, a través de las líneas armadas, a un líder revolucionario ruso, de origen marxista, llamado Vladimir Ilyich Ulianov, cuyo nombre de guerra era Lenin. Los alemanes tuvieron éxito en contrabandear a Lenin a través del frente de batalla, y él se encargó del resto: En 1917 la revolución no sólo había estallado, sino que la hoz y el martillo flameaban sobre el Kremlin: Rusia era ya comunista. La situación económica era penosa pero Lenin y sus bolcheviques resistieron las tentativas de “rusos blancos” (por opuestos a “rojos”) con apoyo de fuerzas extranjeras para retornar al reino de los zares. Sin duda Lenin y los suyos eran mundialmente reconocidos como “comunistas”; incluyendo los partidarios que por todo el mundo se reunían para apoyarlos, provenientes de partidos socialistas y otros grupos de izquierda, sintiéndose los más disciplinados y combativos de toda la izquierda, vanguardia de los que transformarían al mundo. Lenin muere pronto (1924); pero listo para suplirlo con notable vigor estaba un “soviético” (Rusia se había convertido en “Unión Soviética”, así nombrada por causa del “soviet”, o sea la unidad de comités obreros que supuestamente detentaban el poder), procedente de los Cáucasos, de 45 años, dispuesto a todo para lograr los objetivos de la revolución. Ese “todo” incluyó matar (ejecutar”) unos 20 millones de sus compatriotas por una considerable lista de motivos, por ejemplo —para nombrar la causante presuntamente mayor— la resistencia a la colectivización de la tierra agrícola. Puede haber sido muy dura su mano, o puño, pero funcionaba en algún sentido; al menos puede decirse que lo que Stalin mandaba, se obedecía. No cabe duda de que, en su época, Stalin era el “comunista” por antonomasia

Es obvio que tengo poco espacio para un enfoque histórico, pero Stalin es demasiado importante en la historia del Comunismo para prescindir hasta los rasgos más salientes al respecto. Ante todo debo consignar que Stalin celebró un pacto amistoso con Hitler. Debo recordarlo, no porque éste fuera más perverso que Stalin, que lo fue, no porque matase más gente, ya que Stalin liquidó más del doble, pero sí porque el grueso de asesinatos de Hitler fue inspirado por un odio étnico particularmente repulsivo. El pacto entre Stalin y Hitler signado en la víspera de la Guerra Mundial II contenía un protocolo secreto donde se repartía a Polonia entre los dos signatarios, en la que sería el cuarto reparto de ese sufrido país. Pero queda todavía un punto conexo que recordar: Stalin se dejó engañar por Hitler, que había escrito bien clarito que los eslavos estaban destinados a ser esclavos de los germanos: en menos de dos años, Hitler atacaba a Stalin traidoramente. Es éste quien triunfa en definitiva —con notable ayuda de los EEUU— pero su fama está herida de muerte. Fallece en 1953 y su sucesor, Nikita Jrushchev, en su discurso póstumo, XXº del Soviet Supremo, desarrolla una dialéctica relativamente suave para desmitificar su figura, otrora endiosada. Hoy en día ya no se ve una sola de las estatuas de Stalin que otrora cada población rusa exhibía en lugares de honor, mientras que el féretro de Lenin aún se honra en la Plaza Roja de Moscú.

La época siguiente a la paz fue fecunda para la Unión Soviética: un tercio de la población del mundo veía tremolar la hoz y el martillo sobre sus cabezas; pero esa expansión fue de corta vida. Durante la década de los ’80 los controles sobre la gente se había flexibilizado, dejando un espacio creciente para su crítica sobre las condiciones de vida, otrora impensables. El sistema económico no varió en lo sustancial. El Estado era el propietario de todo el capital y el productor de todos los bienes y servicios, los ciudadanos proporcionando la mano de obra y la tecnología. Sin recurrir a ningún sistema de mercado. El efecto general era de escasez de casi todos los bienes. Los rusos y otras nacionalidades llevaban por la calle una bolsa de compras, y donde veían una cola se incorporaban a ella sin preguntar qué se vendía; cualquier cosa les venía bien para sí mismos, o para revender o trocar con algún amigo o vecino. En general la libertad era nula. No podían salir del país y sus lecturas estaban estrictamente controladas. Algo parecido a lo que se observa actualmente en Cuba. En la Unión Soviética, en 1989, parece haberse llegado a un acuerdo colectivo tácito para prescindir del sistema comunista y adoptar el nuevo que en toda la zona ha imperado, que restringe la libertad bastante menos, y tienen una economía en algo semejante a un sistema de mercados. Y nada de unión tal ni cual, sino los nombres de Rusia y los demás tradicionales

De modo que, enfrentado en serio a la pregunta del título, yo tendría que decir que hoy en día no hay nadie que se considere comunista, que toda posibilidad en tal sentido se ha derrumbado después de la caída de la Unión Soviética, en razón del fracaso rotundo, único en el mundo, que ha sufrido, plenamente revelado en 1989. Pero la persistencia en el Uruguay de un Partido Comunista, cuyos dirigentes, o algunos de ellos, gozan de cierto prestigio, al menos en el FA, me ha dejado perplejo. Yo me sentí captado por el tema cuando vi, en la página 3 de este diario, un título que cubría la página 3, que decía: “MPP y comunistas radicalizan su postura en debate sobre programa”, ilustrada con una gran foto del senador Eduardo Lorier, legislador de ese mismo partido. ¿Será que ellos niegan que la Unión Soviética no fracasó? ¿Y que —me tiembla la mano— podría ser un modelo para aplicar a este país? La verdad, ellos deberían decir algo al respecto para librarnos de la confusión en que algunos nos encontramos. Y lo digo en plural porque pienso que no puedo ser el único confuso.

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