¿Qué clase de país?

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LA IDEA DE LA ERA LATORRE-BATLLE DE ENCARECER ARTIFICIALMENTE LOS BIENES ESENCIALES DE CONSUMO COMO ASISTENCIA A LA INDUSTRIA NACIONAL NO HA SIDO FRONTALMENTE COMBATIDA POR NINGÚN LÍDER NI PARTIDO POLÍTICO.

“Un gran país” contesta Luis Alberto Lacalle en El País del domingo pasado basándose en la observación de la realidad actual, haciéndole frente a los que insisten en vernos pobres por pequeños, y pequeños en comparación con vecinos gigantescos que, examinándose en su totalidad, están lejos de lucir ricos. Leí el artículo con complacencia, incluso, por supuesto, con aprobación, y hoy no resisto la tentación de reforzar su tesis desde la perspectiva histórica. Con el peligro de repetirme frente a no pocos lectores, que me han leído al respecto, pero con la convicción de que el enfoque histórico es una parte insoslayable de la apreciación de nuestro Uruguay.

Durante la Colonia española el progreso del área rioplatense fue insignificante. Todo el crecimiento económico, toda la expansión urbana, eran para las áreas ricas en su subsuelo. México, Lima, Bogotá y otras semejantes, ya en el siglo XVI y XVII eran magníficas ciudades. De la que sería más tarde territorio uruguayo, en pleno siglo XIX, hoy podía decirse: “La Provincia Oriental era, a la sazón, un territorio despoblado, donde la tierra constituía, en su mayor parte, un bien libre, con valor venal prácticamente nulo, sobre cuyas parcelas los dueños de los títulos carecían de medios para ejercitar el derecho de propiedad”. En su “Viaje a Paysandú” Larrañaga narra la gestión de una comisión encargada por el Cabildo de Montevideo de persuadir a Artigas de que aceptase su designación como Jefe de los Orientales. Uno de la comisión era Antolín Reyna, acaudalado comerciante de Montevideo, quien reconoció tierras de su propiedad, donde algunos hombres se hallaban ocupados en sacrificar algunas cabezas de ganado cimarrón, a quienes intentó convencer de que le diesen participación en el negocio; más en vano: en la campiña uruguaya los propietarios carecían de medios con que hacer valer sus teóricos derechos.

Todo cambió con la independencia. A partir de entonces inmigraban a nuestro país hombres y mujeres de todos los orígenes: franceses, españoles e italianos, primeramente: entre 1830 y 1860, en total, 132.000 con radicación en la capital y 742.000 destinados a la campaña. Y salta a la vista la diferencia del interés por los productos de la tierra, cuando una multitud tiene inversiones en el campo, pagan impuestos, y se muestran dispuestos a exigir que la autoridad policial mantuviese el orden. Pero no por menos numerosa, la capital dejaba de ser atractiva a los ojos del visitante. Un historiador inglés, David Joslin, en su libro sobre el Banco de Londres, escribía así:

“Los comerciantes extranjeros sentían gran atracción por Montevideo. Apreciaban su clima y les agradaban las brisas frescas del mar, que hacían que el verano fuese menos opresivo que en Buenos Aires. Calles bien construidas y buenas casas testimoniaban su creciente riqueza comercial. Durante el día los comerciantes e intermediarios financieros se congregaban en las calles del barrio comercial y en sus clubes. Por la noche podían llevar a sus familias al nuevo teatro de la ópera o a los de arte dramático, a presenciar espectáculos a cargo de compañías europeas visitantes. Hombres de negocios de muchas naciones —franceses, españoles, italianos, alemanes, brasileños y británicos— tenían trato con uruguayos nativos, y la comunidad mercantil extranjera ya tenía tiempo suficiente para haber producido una segunda generación nacida en Uruguay. La cifra de 50.000, en números redondos, puede dar una idea razonable de la población de la ciudad en 1860, pero crecía rápidamente, alimentada por la llegada de inmigrantes italianos y españoles que contribuían a fortalecer la clase artesana de la capital.”

La mención de Joslin sobre el teatro de ópera requiere una ampliación, ya que se trata del Teatro Solís, el único teatro de ópera que tenemos en el país, aparte de ser bellísimo. No ha mucho el gobierno de la capital, su actual propietario, pasó cuatro años refaccionándolo. En su origen —fue estrenado en 1856— se financió por suscripción de accionistas, sin ninguna ayuda del sector público. Hoy una obra pública de análoga entidad resultaría ilusoria, y no digamos nada de una privada

Y Joslin redondeaba el retrato de Uruguay: “La ciudad constituía la principal salida del rico interior del país. En las bien irrigada y ondulantes praderas de Uruguay, los rebaños de ganado salvaje se habían multiplicado, vigilados por gauchos nómades, una pintoresca raza indómita que se pasaba el día a caballo, comían prodigiosas cantidades de carne y desdeñaban las verduras. Los rebaños de ganado eran apreciados por sus cueros y sebo, y la carne era salada en los saladeros de Montevideo y los otros puertos para exportarla a Brasil y al Caribe.”

El lapso entre 1852-1875 se titula, en el libro que escribí sobre la historia económica de nuestro país, “La gran expansión”, por ser el trecho de nuestra historia económica de más rápido desarrollo. Me parece aquí de interés, reseñar la velocidad de expansión de la economía uruguaya comparada con la velocidad de crecimiento de otros países

Para ello comparé las medidas de velocidad de crecimiento de los países europeos en los cuales contaba con estimaciones confiables en el ritmo de crecimiento económico, contenidos en valiosas estimaciones realizados por Luis Bértola y colaboradores, en Ensayos de Historia Económica, Ediciones Trilce, Montevideo, 2.000, pp. 84 y ss,, donde una línea compone las realizaciones de Inglaterra, Alemania y Francia en comparación con la de Uruguay 1871-1887 y en una segunda con Argentina sumado a los mismos países. En la primera gráfica se plasma una realización prácticamente igual a la combinada de los tres países europeos; en la segunda, aparece la línea argentina equivalente a la europea y la de Uruguay levemente inferior a ambas.

Y si las gráficas hubiesen cubierto un lapso más cercano al presente, la diferencia de la nuestra, por debajo de las cifras europeas, habría sido peor aún. En 1876 se inicia un largo proceso en la dirección de encarecer la producción uruguaya. Iniciada con el golpe de Estado de Latorre, continuará con la protección a la producción doméstica con José Batlle y Ordóñez. Esta idea de Latorre-Batlle, de la carestía artificial de los bienes esenciales de consumo como asistencia a la industria nacional, no ha sido frontalmente combatida por ningún líder ni partido político en el largo siglo que nos separa de la influencia proteccionista inaugurada por ellos.

Desde entonces la tendencia a perder eficiencia ha tendido a incrementarse. Argentina siguió sacando ventaja por mucho tiempo, por tanto ampliando la ventaja en eficiencia; aunque no indefinidamente: con el advenimiento del general Perón, bajo cuya presidencia deprimió hasta hoy la eficiencia económica de nuestros vecinos. En todo caso, el objetivo de luchar por reducir los costos de la producción, que otrora fue el secreto del gran éxito de las dos economías rioplatenses, parece haber caído en el olvido.

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