Si, creo firmemente que los hay. El artículo del sábado pasado lo escribí con esa convicción, que mantengo plenamente. Pero no todos concuerdan. Eso es normal. Los romanos ya decían: “Quot homines, tot sententiae”; en español: “Cuantos hombres, tantas opiniones”. Pero, para mí, la disidencia respecto de la tesis de mi anterior artículo, titulado “Tolerancia Cero”, es un caso especial, porque el escepticismo referente a la eficacia de la estrategia de Rudy Giuliani —la Tolerancia Cero, es decir, la aplicación las normas generales a los primarios— para reducir la población carcelaria, destruiría toda posibilidad de avance social en ese terreno. En efecto, pese a la indudable reducción de los ingresos carcelarios después de puesta en práctica la norma de Giuliani, el escepticismo de los uruguayos sobre la eficacia de su estrategia no parece amainar, y ahí tenemos delante de los ojos el pronunciamiento adverso a la Tolerancia Cero de labios de Daisy Tourné, la ministra del Interior.
Reflexionando al respecto pienso que la dificultad principal es la idea cristalizada en la conciencia uruguaya, según la cual la personalidad de un recluso no tiene más que una sola dirección para evolucionar, y no es otra que una tendencia progresiva en la dirección de adaptarse cada vez más a la prisión. Uno lo oye con frecuencia: el infractor que cae preso ingresa en una escuela del delito, donde adquiere hábitos fatales, vicios característicos y la resignación de hacer de la prisión su hábitat definitivo, de modo que la posibilidad de rehabilitación no puede más que juzgarse una ilusión ajena por completo a la realidad.
La resistencia de nuestro medio ante la posibilidad de que existan medios para reducir la población carcelaria, encaminando gente desviada de la honradez de vuelta a la senda recta, tiene muchas maneras de manifestarse. Una de ellas, según he podido saber, ha consistido en la interpretación de la ilustración de mi anterior columna como una burla. El dibujante, Salvatore, trazó un círculo alrededor de la cabeza de de Giuliani, representativo del Cero de la Tolerancia. Hay quien ha interpretado ese círculo como un halo de santo, con lo cual su éxito se percibe como una ironía. Sólo como tal podría interpretarse su innovación.
Lo que me preocupa no es la defensa lógica de “Tolerencia Cero”, porque las reducciones de ingresos a las cárceles de Nueva York son una prueba terminante, y todo lo que podría argüirse sería la existencia de factores coadyuvantes, pero nunca que el factor Giuliani esté ausente. El problema es otro. El problema es que los uruguayos —masas de ellos— no saben razonar; pretenden debatir en una sala donde la razón está excluida, pretendiendo sustituirla por la emoción, los sentimientos y el saber absoluto de alguna clase, por ejemplo el marxista. Con lo cual se pretende argüir que el una vez delincuente, lo seguirá siendo toda la vida. Pues bien, hoy siento la necesidad de demostrarle a mis lectores que la contradicción que se me opone es errónea, no en base de un raciocinio, sino por la mera experiencia del autor de estas líneas. De lo que me paso a ocupar.
Hubo un pasaje de mi juventud, en el cual sentí vivamente el deseo de hacer algo por gente a la que no le fuera bien. Rápidamente hice la selección: serían personas que tuviesen dificultades con la Justicia. Por vocación, que mantengo (pienso en mi trabajo en esta página), y sobre todo, porque en aquel tiempo recordaba vivamente que mi inolvidable profesor de Historia Universal en preparatorios (Instituto Vázquez Acevedo), ya jubilado, Dr. Teófilo Arias, impelido por su infinita generosidad, acaudillaba un pequeño grupo de jóvenes abogados, dispuestos a defender causas gratis y a darle a sus defendidos el tipo de atención tan importante con vistas a su rehabilitación. A mí me asignó un pequeño grupo de “clientes”, sobre dos de los cuales, hombres jóvenes ambos procesados por homicidio, quiero, amigos lectores, contarles algunas cosas.
Lo haré por separado, ya que ninguna relación habían mantenido, ni mantuvieron. Empezaré por el que tenía ya un prontuario considerable por hurtos, y finalmente culmina con un homicidio. Su origen social es el nacimiento en un asentamiento, sin haber conocido otros. Me narra la circunstancias de su vida y yo le insto a que lo escriba. Algunas observaciones que recuerdo: el niño de su origen no conoce una caricia de sus padres hasta que sale de noche, a los cuatro o cinco años, a robar verduras y frutas. Los héroes del asentamiento, a imitar si uno tiene agallas, son los asaltantes, porque son los únicos que tienen dinero. Sus descripciones y reflexiones son excelentes. Lo estimulo para que estudie las materias de secundaria. Lo hace con éxito en todas las materias de los cuatro años básicos, sin maestros, menos los dos idiomas. Le dan siete años (mató por una riña, no para robar), pero en una visita de la Suprema Corte pido su libertad invocando la integridad de su corrección, demostrada por sus estudios, y la Corte se la concede. Cuando sale, mucho antes de su condena, le consigo un empleo en la oficina de una pequeña fábrica de calzado. Meses después renuncia y entra en la Marina. Meses después se casa y funda un hogar honesto.
El segundo procesado por homicidio que yo defendí era salteño y conocía el oficio de la imprenta. Carecía de antecedentes penales cuando se vino a la capital en busca de trabajo. No lo consiguió. A medida que el tiempo pasaba, la angustia de la pobreza lo dominaba, y la de la soledad aún más. Un atardecer el joven se topó, ante un escaparate de objetos de arte, con un señor bien vestido y, según mostró frente a la vidriera, culto. Además, para completar, interesado en su compañía. El encuentro cambió su vida. Para bien, por unos días, pero después...
Ocurre que el caballero refinado y amable era homosexual, y un seductor experto. Lo que le ocurrió al salteño se lo dejo inferir al lector. Retomo la narración sobre el desenlace. Una madrugada estaban los dos en el lecho. El mayor dormía profundamente. El joven se depreciaba a sí mismo y odiaba a su protector. De pronto un freno psíquico se aflojó en su interior. Una botella de agua reposaba sobre una mesa de luz. El muchacho la asió y la estrelló sobre la cabeza de su compañero. No bastaba. Corrió a la cocina y volvió blandiendo una cuchilla, que intentó clavársela varias veces; pero, insatisfecho de su resultado, se procuró un cinturón, con el cual lo estranguló hasta quitarle la vida.
Después de la intervención policial, y puesto en marcha el proceso penal, la fiscal pidió para mi defendido una pena de veinte años, castigo que fundamentó invocando la agravante de “brutal ferocidad”, una agravante “muy especial”. Mi defensa, en franca oposición, sostuvo que se trataba de una agresión de carácter pasional, largamente fundada por argumentos de psicología. Convencí al juez, que le dio la mitad de lo solicitado en la acusación (10 años), y convencí a la fiscal (que llegó a la Suprema Corte), que tuvo la nobleza de reconocer que se había equivocado, y consiguientemente no apeló, quedando firme la sentencia de primera instancia.
Con todo ello mi defendido sintió que se había reconstituido su moral. Salió en libertad antes de diez años, y sin que pesara sobre él ninguna pena infamante. Encontró trabajo casi en seguida y se casó muy pronto. Un día me llamó por teléfono y me dijo que su situación económica era penosa. No para solicitar ayuda, pero sí para pedirme que le saliera de garantía en la compra de un televisor. “No podemos ir a ningún lado y nos haría ilusión seguir el campeonato mundial de fútbol (primero en México). Tragué saliva y le dije que sí. Fui, firmé, y nunca más supe de él. Estoy seguro, por falta de contactos, de que siguió firme por el buen camino
El método que usaban Teófilo Arias, y sus ayudantes, en los que tuve el honor de contarme, difería sin duda del de Giuliani, y sin duda debe haber otros, pero la del estadounidense parece ser la más práctica y menos onerosa.