Luego de su primera Presidencia (1903- 1906), José Batlle y Ordóñez se hallaba físicamente en París, pero su cerebro y corazón permanecieron en su patria. Le constaba que en el nuevo período (1907-1910) la Presidencia volvería a ser suya. En los momentos en que el ocio le exasperaba, los proyectos que le absorberían a su regreso le bullían en la cabeza. A veces cedía a la tentación de interrumpir las activas jornadas de sus hombres en Montevideo, en quienes había delegado el timón de El Día, comunicándoles sus inquietudes. Una de esas veces escribió una carta a Manini y Arena, en la que les anunciaba: “Yo pienso lo que podríamos hacer para constituir un pequeño país modelo.” Es difícil que el comité batllista haya de hecho elaborado rigurosamente el plano de un país ideal, pero sí la idea, el propósito de que un gobierno trabajara con un plano a la vista para construir el país en que manda, como un constructor que va a elevar el edificio que reclama construcción. O, más interesante aún, si el arquitecto político va a convertir una idea inespacial en un plano biespacial, para dejar en manos del constructor la transformación, puramente técnica, de lo que, siendo en el principio una mera idea, ha de transformarse en una realidad concreta, tridimensional, capaz de ser tan compleja como un país lleno de seres humanos. Yo creo que ésa fue la idea que inspiró a Batlle y Ordóñez. Es igualmente la idea que ha inspirado a innumerables líderes políticos en coyunturas clave de su vida activa. No sé si he presentado este pensamiento desde un ángulo que dificulta su aprehensión. Pero es un pensamiento que ha sido frecuente en muchos países, en Uruguay no menos que en ningún otro sitio del mundo. Si debiese proponer un ejemplo de tal múltiple concreción, no habría ninguna sentencia, en el ámbito político del discurrir, que la siguiente: todo partido debe tener una idea precisa de la clase de país que aspira concretar. Al decirlo, la mayoría de la gente no cree estar enunciando una tesis totalitaria, de izquierda o de derecha. Totalitaria, en efecto, porque — note bien, lector, lo que digo— modelar desde el poder a un país equivale controlar su historia, por lo menos un significativo fragmento de ella. La alternativa liberal pide también al miembro de partido anticiparse a los hechos con el pensamiento, pero no ya sobre el país, sino sobre el gobierno, cuando los suyos estén en el poder. Efectivamente, los actos del gobierno han de obedecer a la voluntad de los gobernantes y, en consecuencia, tanto mejor si, en lo posible, han pasado por el cernidor de su inteligencia, en lugar de obedecer a una inclinación pasajera.
De ahí la inclinación de los uruguayos por el socialismo. Durante larguísimos años, sin saberlo; pero sí siempre socialismo, que a cada paso se ha visto que lo preferían en cuanto él conlleva un plan del país, y sí también por las decisiones rigurosas de planificar, sin renegar luego de ella aun cuando la empresa se abandonara al llegar a la etapa de ejecución. Es el caso de la CIDE. Desde fines de los años ’50, planificadores de todas las especialidades, de diversos países, trabajaron rodeados del interés de todos los ángulos intelectuales. Los expertos produjeron doce (12) gruesos volúmenes, precisando cuáles habrían de ser las inversiones de toda índole a elaborar. De hecho, una vez que diversas oficinas recibieron una colección del plan sobre sus respectivos anaqueles, un manto las cubrió de olvido, o de polvo, también podría decirse, sobre los inmóviles volúmenes, que nadie sabía como aprovecharlos, si es que algún provecho tenían.
Cosa que podría también dudarse. Porque la economía dirigida fracasó por todas partes, la que podríamos habernos acercado con la CIDE, o la que la URSS practicó hasta su fin, o la que la China de Mao intentó hasta que su líder supremo falleció (después de lo cual sus sucesores no perdieron tiempo en adoptar el principio “un país, dos sistemas”, que les permitió pasarse al capitalismo en economía, sin perjuicio de seguir ondeando la enseña comunista, con el éxito que tiene pasmado al mundo entero). Y, en general, de todos los países que integraron el imperio comunista, todos los cuales están volcados hacia la economía de mercados (capitalismo), menos Cuba y Corea del Norte. Nótese que, entre esos ex miembros del imperio comunista, figura, por ejemplo, Viet Nam, que luchó heroicamente contra Francia y los EEUU, pero hace tiempo que optaron contra la pobreza forzosa para su gente y apuntalan su economía capitalista con un TLC con los EEUU.
Pero si la producción no es previamente programada, objetarán muchos, uruguayos especialmente, ¿no se incurrirá en errores, que mantengan el ingreso a un nivel mediocre, como el nuestro? Pues la respuesta es no, todo lo contrario. Rusia ha prosperado notablemente desde que abandonó la economía planificada, y China aún más. A la vez, la economía uruguaya se mantiene a un nivel mediocre, insuficiente para evitar la emigración, incapaz de superar el bolsón de pobreza, fundamentalmente en razón de que, a través de la plétora de empresas estatales, en su mayoría monopólicas, gran parte de la producción del país es, rigurosamente, planificada.
¿Cómo se desarrolla la producción de un país sin recurrir a la planificación? Esta pregunta fue contestada por un profesor escocés de filosofía, llamado Adam Smith, hace algo más de 230 años. El libro en que explicó su tesis se llama Riqueza de las Naciones. Smith descubrió que las autoridades de un país deberían limitarse a proteger la propiedad, hacer cumplir la ley y los contratos, recaudar los impuestos, y cosas por el estilo. Fuera de eso, es decir, fuera del ámbito propio del gobierno, toda la gente tiene la libertad de participar como le guste y le convenga, en el proceso de producción. Se supone que todos lo hacen de la forma que a cada uno le dispense un dividendo mayor del total, y a tales efectos tendrán también libertad para prepararse, estudiando o ahorrando, como les plazca. Y, ¿cómo es posible que millones de decisiones en tales sentidos generen un orden notablemente mayor al del socialismo? El lector curioso puede buscar la respuesta en el libro de Adam Smith, o en alguno de los libros de economía que todo el tiempo procuran mejorarlo.