Hace cosa de medio siglo que Uruguay la descubrió. Era un par de islas en el Pacífico Sur que sumaban un área apenas superior a la nuestra, con una población semejante a la nuestra, y otro tanto su latitud. Nunca nos sorprendió la vocación neocelandesa por la ganadería y otra semejanzas con nosotros; pero llegó el momento en que la semejanza se alió a la curiosidad. Porque la calidad de la tierra había sido inferior a la nuestra, y ahora era superior. Imagínense ustedes. La tierra, que se supone que es un don de Dios y punto, los hombres —los agrónomos— ¡habían estado transformándola! y ya a mediados de la década de los ’50 aquellas islas, casi islotes tenían un ingreso per cápitaque sólo los EEUU y Canadá sobrepasaban. Fue entonces que los uruguayos organizaron su primera mirada a Nueva Zelanda: invitaron a agrónomos destacados, y enviaros toda clase de los nuestros, y seguimos haciendo lo uno y lo otro, con éxito. Pero ésta no es más que la primera mirada; la historia ha prepara una segunda, pero los uruguayos todavía no la hemos descubierto. Este artículo es una tentativa, modesta por su origen, pero potente por su fundamento, para que la mirada Nº 2 no se demore
Ésta no tiene que ver con la tierra ni con la agronomía; sino con la política y la economía. Naturalmente, voy a explicar mejor en qué consiste, pero debo tocar antes sobre cuál fue el espolón que promovió la iniciativa a que voy a referirme. El espolón fue que los neocelandeses, por magnifica que era la tierra a mediados de siglo XX, le estaba yendo menos bien al promediar la década de los ‘70. En efecto, en 1984 –que es el año del gran cambio de que debo contarles— en lugar de ser el país con el tercer nivel de ingreso per cápita, había descendido al 27 º lugar. Y en 1984 ganó las elecciones un partido cuyos dirigentes tenían el remedio exacto que Nueva Zelanda a la sazón necesitaba: el hecho de que el gasto público total era un 44% del PBI, lo cual no concordaba con la utilidad recogida por los habitantes.
Por de pronto vendieron 35 empresas (aerolíneas, telecomunicaciones, planes de irrigación, servicios de computación, imprentas, compañías de seguros, bancos, ferrocarriles, ómnibus, hoteles, compañías navieras, servicios de asesoría agrícola, etc) que le reportaban US$ 1000 mm., y los inversores ganaron básicamente el mismo dinero (ninguna había sido monopólica, ni tampoco ahora) pero también pagaron los impuestos según las leyes generales. En varios ministerios se operó análogamente. En el de transporte había 5.600 funcionarios; cuando terminó el ajuste quedaron 53. En la Dirección Forestal había 17.000; quedaron 17. En Obras Públicas, de 28.000 quedó uno solo. En el Banco Central no quedó nadie, simplemente el gobierno hizo un contrato con un economista que juzgó competente, que fijaba la remuneración global en función de la inflación a fin de año. La idea central era que el gobierno era indispensable en las decisiones básicas, pero que la ejecución podía confiarse con gran ventaja a agentes privados.
¿Qué pasó con los subsidios? Los criadores podían vender los corderos gordos a US$ 12,50 y recibían del gobierno otro tanto. El nuevo OPINIÓN POR RAMON DÍAZ El país inició una gran revolución a partir de 1984. La idea central fue que el gobierno era indispensable en las decisiones básicas, pero que la ejecución podía confiarse con gran ventaja a agentes privados gobierno simplemente los suprimió. Primero los criadores protestaron y dibujaron un cuadro trágico sobre el futuro. Cuando vieron que el gobierno mantenía su criterio, encargaron a un equipo de expertos la creación de un ovino diferente que resolviese el problema. El producto así obtenido se vendía a US$ 30, y entre 35 y 60 en los restaurantes de Nueva York. El nuevo gobierno enfrentó serios problemas en materia de educación. La tasa de repetición andaba por el 30%, especialmente en las zonas menos pudientes. La inversión gubernamental había crecido sistemáticamente durante los últimos 20 años sin progreso real sensible. El nuevo gobierno contrató a asesores internacionales quienes les advirtieron que la experiencia mundial muestra que, de US$ 100 gastados en mejorar la educación, US$ 70 era engullido por la burocracia. El gobierno dispuso que cada establecimiento de enseñanza estuviera en manos de fideicomisarios (trustees) elegidos por los padres. A los fideicomisorios se les ofreció una retribución en función de la asistencia de alumnos a cada colegio. Hubo progreso, pero eventualmente empezó a trabajarse con el sistema de vales, dando libertad de elección de instituto a los padres.
En materia de de impuestos, se conservaron solamente un tributo a los ingresos y otro al consumo, derogándose todos los demás. Con este sistema drásticamente simplificado, en lugar de experimentar una pérdida de recaudación, tuvieron un incremento del 20%. De modo que el éxito de una reforma basada en el sentido común y en la ruptura con el dominio de la burocracia funciona indiscutiblemente
No puedo cerrar sin comentar sobre la suerte corrida por los funcionarios que quedaron cesantes como consecuencia de la reforma. Ellos no siguieron siendo empleados públicos, pero las cosas que se hacían antes debían hacerse también después del cambio. Maurice McTigue, ex ministro y mi fuente principal de información, expresó lo siguiente: “Visité a un grupo de trabajadores forestales unos meses después de que perdieran los puestos en el Estado y los encontré felices. Me contaron que estaban ganando tres veces más que antes y su productividad había aumentado 60%.” Y esa experiencia parece haber sido representativa.
Ésta es una historia real y no una utopía imaginaria. Lo que demuestra es, en primer término, que las reformas radicales, si son sensatas, pueden alcanzar logros casi inverosímiles. En segundo lugar representan una exhortación a sacudir nuestro letargo y pensar seriamente en reemplazar el estilo de gobierno que viene deparándonos frustraciones e indisoluble pobreza desde hace más de un siglo.
Debo reconocer que, como recomendación de política económica, dirigida hacia a un régimen de izquierda, que no parece tener otra idea que la de utilizar la bonanza de los mercados de commodities para aumentar la burocracia, no parece la más oportuna. Pero no cabe duda de lo único que puede hacerse en esta coyuntura es prepararnos para cuando la contracción cíclica de los mercados que hoy suben, y mañana bajarán, nos obligue a enfrentar una realidad menos complaciente.